Cómo empezó a tejerse Hilos invisibles
Hace un par de años decidimos grabar un disco. No este disco.
El disco de Zahorí, la banda con la que estuve trabajando desde 2020 y que en un primer momento se llamó Arimaren Ibaia.
Veníamos de una reorganización. Elías —con quien había comenzado la banda— se iba del país. Juanma, Pato y yo nos quedábamos acá y queríamos sacar la banda adelante. Teníamos las canciones. Solo necesitábamos una voz.
Entonces llegó Pame, con una voz preciosa, y todo calzó.
Trabajamos juntos por pocos meses, pero todo funcionó. En octubre tuvimos el primer chivo en el concierto de Fundación Amy — Una voz por vos, en el que hemos participado varias veces. Todo parecía encaminarse hacia algo muy bueno.
Y entonces algo pasó.
Y todo se desarmó.
No completamente. Juanma, Pato y yo hemos hablado de retomar el proyecto en algún momento. Pero todavía no ha sucedido.
En medio de ese momento —un poco desanimado, si soy honesto— me dije que iba a hacer algo. Algo yo. Solo.
Comencé con una idea muy simple: grabar cuatro canciones.
Pero escogerlas resultó más difícil de lo que imaginaba. No sabía qué dejar por fuera. Después de darle muchas vueltas logré seleccionar cuatro y comencé a trabajar. Las releí, las toqué muchas veces, las pensé durante semanas y empecé a construir los arreglos y las versiones que quería para este proyecto.
Y entonces apareció un patrón.
Todas esas canciones hablaban sobre alguien.
No sobre cualquiera. Sobre personas importantes.
Fue en ese momento cuando entendí que lo que estaba empezando a tomar forma no era simplemente un conjunto de canciones, sino algo que podía sostenerse sobre una idea: que las conexiones que tenemos con las personas, con los objetos, con la música —con todo aquello con lo que nos identificamos— terminan construyéndonos.
Y entonces apareció el nombre.
Hilos invisibles.
A partir de ahí, los hilos comenzaron a mostrarse. A crecer. A entrelazarse.
Empecé a encontrar más canciones que tenían que estar ahí. Canciones que necesitaba para contar esa historia.
Algunas habían nacido después de salir de Loto, durante los años en que trabajé con Arimaren Ibaia y Zahorí. Una, al menos, venía de mucho antes. Otras aparecieron justamente durante los meses en que estaba preproduciendo el álbum, mientras rearmonizaba y rehacía los arreglos.
También hay una canción de un buen amigo, una de esas canciones que siempre he llevado muy cerca del corazón.
Cuando terminé de armar ese primer mapa, el disco tenía diez canciones. Pensé que ahí estaba.
Pero las cosas rara vez se quedan quietas cuando uno empieza a moverlas.
Con esa claridad nueva decidí incorporar dos piezas instrumentales que había compuesto en los últimos años y que sentía que podían aportar algo importante a la narrativa del álbum.
Y entonces el número final apareció casi solo:
doce canciones.
Cada una de ellas teje un fragmento de la trama del disco. Cada una desarrolla una parte del concepto. Cada una establece una conexión.
Esa trama —que atraviesa el álbum de principio a fin— es lo que le da a este proyecto su esencia.
Y esa esencia está tejida por muchas voces. Por todas las personas que, de una u otra manera, terminaron formando parte de estos hilos invisibles.
Cuando el disco llegue a tus manos —o a tus oídos— esas conexiones seguirán expandiéndose. Cada canción abre una puerta distinta, pero todas conducen al mismo lugar: la memoria, las personas que nos han marcado y las historias que seguimos cargando con nosotros. Al final, Hilos invisibles es exactamente eso: un intento de escuchar, en medio de la música, las relaciones que nos han tejido.
← Volver a A media luz