Raíces

De dónde viene la música que me sostiene.

Retrato para la sección Raíces

La música y las historias han estado ahí desde que tengo memoria. En mi familia no había músicos — salvo mi bisabuelo, que tocaba la guitarra con una habilidad que solo conocí por los recuerdos de otros. Lo escuché pocas veces, pero bastaron para que ese sonido se quedara conmigo.

Siempre me gustó cantar e improvisar juegos de palabras. Mi abuelo materno tenía esa costumbre: le ponía música a todo. A veces inventaba melodías con los refranes, otras convertía en canción lo cotidiano. Verlo jugar con las palabras era, para mí, una forma de alegría pura.

Las historias —pienso ahora— preexisten al lenguaje. Están en nosotros antes de que aprendamos a nombrarlas. A través del lenguaje, lo que hacemos es habitarlas. Cuando era niño, mi tío James me contaba historias: las suyas y las de otros. Sin saberlo, me dio una vocación.

Hilos invisibles nace de eso: de las conexiones que nos atraviesan y nos forman, de esa red secreta que une memoria y sonido, palabra y afecto.

Si cada uno de nosotros es una singularidad, un accidente luminoso en el espacio y el tiempo, son esos hilos —misteriosos, frágiles, persistentes— los que terminan por definirnos.

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