Trayecto
Los caminos que la música ha abierto en mí.
Empecé a escribir canciones en el colegio, casi como un juego, aunque en el fondo sabía que había algo serio ahí. Las primeras veces que toqué con otras personas fue con mis amigos de la adolescencia. No sabía entonces que esos pequeños encuentros serían la semilla de todo lo que vendría después.
Más adelante, ya en la universidad, aparecieron los primeros escenarios: conciertos estudiantiles, bares donde el sonido rebotaba distinto, festivales que me mostraron que la música —la mía y la de otros— tenía un espacio en el mundo. Cada presentación, cada ensayo, cada error y cada acierto fueron sumando una enseñanza que no había encontrado en ningún libro: la de escuchar, la de acompañar, la de sostener la música como se sostiene un relato que apenas nace.
El primer proyecto que se convirtió en algo formal fue Loto, una banda que cofundé con mi hermano, Holmer Madrigal. Con Loto grabamos La vida en sueño, un EP que recibió una mención de honor en los Premios ACAM 2012. Fueron cuatro años de trabajo intenso, de aprender a componer en colectivo, de descubrir cómo una canción se transforma cuando deja de ser solo tuya. Con Loto entendí que la música no es solo lo que suena, sino lo que se construye entre quienes la hacen posible.
En 2019 nació Arimaren Ibaia, un proyecto completamente distinto en espíritu y en búsqueda. Con ellos musicalizamos Vuelo supremo, el himno de la Fundación Amy, y dimos varios conciertos en beneficio de la causa. Fue un periodo de enorme aprendizaje emocional: hacer música para acompañar otras vidas, otras luchas, otras esperanzas, me recordó el sentido profundo de este oficio.
Hoy, mientras desarrollo Hilos invisibles, también trabajo con Zahorí, una banda de rock alternativo con la que estamos grabando Laberinto. Es un espacio creativo diferente, con otra energía, que me ha permitido explorar dimensiones nuevas como compositor y guitarrista.
Miro hacia atrás y veo un trayecto tejido por múltiples voces, escenarios, ciudades, personas. No hay un solo proyecto que no haya dejado una marca, una forma distinta de escuchar o de decir. Todo lo que fui haciendo, desde aquellas primeras canciones adolescentes hasta las búsquedas actuales, ha sido parte de un mismo hilo que se expande, se cruza, se estira y se transforma.
Y es ese hilo —esa trama que se ha ido formando con los años— lo que sostiene y da sentido a la música que estoy creando ahora.