Todos somos una singularidad en el espacio-tiempo. Un punto único donde convergen fuerzas, historias, emociones y memorias que no pueden repetirse ni explicarse del todo. Como un cuerpo celeste que deforma el tejido del universo, cada persona ejerce una influencia inevitable en quienes la rodean; y, a la vez, es transformada por la presencia de los demás.
Esa interacción constante —esa danza de campos, afectos y distorsiones— es lo que nos vuelve irreductibles a leyes generales. Somos más que lo medible, más que lo visible, más que lo que otros podrían resumir. Como ocurre con los agujeros negros, lo que ocurre dentro de la experiencia subjetiva trasciende lo mensurable: cada quien guarda un territorio íntimo donde la luz y la sombra se entrelazan en formas únicas.
En la música, o al menos en mi experiencia, esto ha sido verdad desde siempre. Las personas con las que he tocado, con las que he compartido escenarios, ensayos, conversaciones y silencios han dejado en mí una marca profunda. Cada arreglo, cada improvisación, cada descubrimiento se vuelve parte de mi manera de hacer música. Y yo, a mi vez, dejo algo mío en ellas.
Por eso Singularidad está dedicada a mis hermanos y hermanas en la música. Porque cada uno de ellos ha curvado mi espacio-tiempo personal; porque sin sus fuerzas, sus voces y su compañía, yo no sería este músico —ni esta persona— que hoy escribe, canta y busca sentido en las canciones.
La música, como la vida, es un encuentro de singularidades. Una red de hilos invisibles que nos transforma siempre.
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